El rechazo generalizado hacia los políticos y demás "representantes" de ese sistema al que llamamos democracia ha crecido a pasos agigantados en los últimos años. No es para menos, la corrupción, la inestabilidad de los gobiernos, el paro, la inoperancia de los mandatarios o esas prioridades que pasan por "rescatar" a los bancos (cuando sus dirigentes se retiran cobrando generosas cantidades para el resto de sus vidas), en vez de echar una mano sincera y verdadera a los ciudadanos (véase parados, desahuciados o los que viven al borde de la extrema pobreza, entre muchos otros) son solo algunos de los principales argumentos que justifican el aumento del desencanto. Este domingo, 20 de noviembre, justo cuando se cumplen 36 años de la muerte de Francisco Franco, lo que supuso el inicio de un largo proceso de transición hacia la democracia después de muchos años de dictadura, represión y sufrimiento, España celebra unas nuevas elecciones generales, en ese caso anticipadas.
Así las cosas, hay centenares de motivos para no creer en el sistema actual, pero los hay a millones para ejercer el derecho a voto y, sobretodo, para no olvidar que a fin de cuentas, la democracia no termina en las urnas. La sociedad tiene la obligación de velar por sus derechos todos los días, luchando contra las injusticias y contra la corrupción. No vale eso de echar el voto y esperar, sentado en el sofá, a que pasen cuatro años para volver a las urnas. Hay que votar todos los días.
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