
Como todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad.
Jean Paul Sartre

En mis tiempos en el colegio había un profesor que siempre amenazaba, a todo aquel que se atreviera a pronunciar vocablos socialmente incorrectos, de limpiarle literalmente la boca con una pastilla de jabón para que aprendiera a ser bien hablado. La imperante tendencia actual a proferir insultos, no solo en las aulas del estado español sino también en ámbitos dónde se presupone que los individuos son adultos, preocupa a ciertas esferas sociales, aunque escasamente. El pasado mes de septiembre el Tribunal Superior de Justicia de Catalunya revocó una sentencia previa que consideraba procedente el despido de un hombre que llamó a su jefe "hijo de puta", dando la razón al empleado y obligando la empresa a readmitirlo. Dicha sentencia sentó una base legal que nos permite insultar a nuestro jefe sin problema alguno, o por lo menos sin que tengamos que lamentarlo más tarde. Dicho sea que fomenta que los empleados insulten a su jefe, metiéndose con la buena señora que le trajo al mundo y porque no decirlo, alienta la violencia verbal entre individuos.
Una de la genialidades de la popular serie Lost reside en el hecho de que sus personajes no son exactamente ficticios, sino que prácticamente todos están inspirados en una personalidad histórica. Si el enigmático y a la vez entrañable John Locke (interpretado por Terry O'Quinn) se basa en el pensador del siglo XVII, no solo en el nombre sino también en ciertos aspectos de su personalidad. Y es que el Locke encarna planteamientos muy parecidos a los que el filósofo planteó, quien considera la ley natural un decreto divino que impone la armonía global a través de una disposición mental. En el transcurso de la serie, Locke se obsesiona con la idea de que la isla debe dictaminar quien muere y quien vive.