La tecnología avanza y se supone que, con ella, el progreso de la humanidad. Sin embargo, a menudo este avance no contempla nada más que el objetivo de llegar a la cima y hacerse con el poder. Este desdichado y pobre cervatillo cruzaba la carretera tranquilamente cuando, de golpe, un coche con pinta de nave extraterrestre y miles de cámaras fotográficas en su superficie, lo arrolló sin compasión. Daños colaterales de la globalización?. Quizás. Los señores de Google Street View se interpusieron en la vida del cervatillo. Malditos!
El cervatillo vive! (según fuentes fiables)
* "The driver was understandably upset, and promptly stopped to alert the local police and the Street View team at Google. The deer was able to move and had left the area by the time the police arrived. The police explained to our driver that, sadly, this was not an uncommon occurrence in the region -- the New York State Department of Transportation estimates that 60,000-70,000 deer collisions happen per year in New York alone -- and no police report needed to be filed."
Sin rumbo fijo. Andando y aprendiendo de la nada, todo aquello que nadie nunca quiso enseñarme. Así lamento ahora el tiempo perdido, las horas de monotonía, los paseos nunca caminados y los viajes jamás soñados. Nada cambió. El cielo sigue siendo azul y el sol no ha dejado de salir. Sin embargo, hay algo que me intranquiliza. Así es. Mis pensamientos dan vueltas y más vueltas. Acelero la velocidad de mi mente. Miles de ideas y nuevos conceptos siguen deambulando delante mio. Centenares, quizás miles de caminos se ofrecen para llevarme. Cada uno de ellos me quiere convencer. Todos afirman ser el verdadero, el que me llevará a un espacio melódico y vital dónde la imaginación se mezcla con la realidad.
No me decido por ninguno. Admito que soy demasiado escéptico para creer y, al mismo tiempo, excesivamente frágil como para subsistir sin apoyos. Patrones de otros tiempos deambulan en el presente. La noche se asoma detrás de las montañas que, a lo lejos, me invitan a un insólito debate acerca la profundidad de mi ego.
Un recorrido quizás monótono y tópico. Escoger, decidir, permanecer o huir. Palabras que desaparecen en una nube ausente dónde ya nada tiene sentido. Divagando sin ritmo, sigo un rumbo impreciso.
Autobuses urbanos que muestran, mediante mensajes publicitarios, una enzarzada y cruel batalla entre dos reductos de ateos y cristianos. Lo que nos faltaba! Por lógica, uno entiende que la publicidad se dedica a vender un producto, utilizando, eso si, todas las emociones, sentimientos y conductas naturales necesarias. Materializar lo natural para vender e incrementar beneficios. Pero realmente, ¿qué pretenden los impulsores de esta iniciativa en los autobuses? Puede que ambas organizaciones quieran ganar adeptos o simplemente, fomentar el debate público sobre la existencia o no de un poder celestial. Aunque, seguramente, algunos extremistas dirán que todo se trata de un perverso entramado de los oscuros poderes fácticos que quieren distraer la atención.
En un mundo roto y deprimido por culpa de esa palabra, de cuyo nombre no quiero acordarme, que irremediablemente nos obliga a tener en cuenta la información económica, la sociedad necesita de valores, explicaciones y argumentos que den cierta esperanza o, como mínimo, ayuden a reconfortar el espíritu individual. La religión nos explicó mediante fábulas y cuentos mitológicos, aquellos hechos inexplicables que de otra forma no se podrían entender en las eras antiguas. Además, da argumentos para tener esperanza, con la vida después de la muerte. Las ideologías políticas, y en especial el marxismo, han analizado las bases del sistema político y económico, para proyectar un mundo mejor, sin pobreza, justo y equilibrado.
La ironía es grande, ya que cristianismo y marxismo siempre se han negado el uno al otro, aunque ambas predican el mismo ideal de mundo. Los primeros piden al individuo que tenga paciencia y espere a morir para vivir, los segundos arremeten contra las injusticias y defienden existencia terrenal digna y libre. En el trasfondo siempre lo mismo, la mala utilización de los códigos lingüísticos termina por contaminar el mensaje original. Una lástima.
Definitivamente el objetivo que los promotores de la iniciativa ha tenido éxito. La sociedad ha rescatado el eterno debate sobre la existencia de Dios para olvidarse, ni que sea solo por un momento, de la amarga recesión económica. Aunque bien podrían haber sido un poco más creativos en el mensaje, ya que como dijo en su momento el escritor francés Blaise Pascal, “prefiero equivocarme creyendo en un Dios que no existe, que equivocarme no creyendo en un Dios que existe”.
Se podrá decir que el mundo musulmán no es precisamente el paradigma de la democracia. Se podrá criticar que muchos musulmanes no respetan a la mujer, que no entienden de libertades, que no aprecian los placeres de ser uno mismo, que desprecian cualquier síntoma de despertar de un largo letargo anclado en el pasado más tradicional y conservador... Se podrían decir muchas cosas, pero ninguna de ellas podría justificar las acciones de un pueblo que, bajo el escudo de un pasado oscuro lleno de violencia al que intentaron exterminar, se burla de la libertad y la democracia para matar y liquidar aquello que nunca fue suyo.
Si señores, odio hablar del conflicto palestino. Me harta escuchar siempre las mismas historias, los mismos argumentos, las mismas reivindicaciones a favor de Palestina. Detesto este énfasis con el que algunos pretenden igualar tal conflicto con el de los catalanes o los vascos (craso y estúpido error). Siempre he querido mantenerme cercano al margen, intentando no caer en las contradicciones de ciertos nacionalistas empedernidos que, a falta de una justificación para sus ideales, buscan reflejar su inexistente conflicto a otros que nada tienen que ver.
El caso es que otra vez, Israel ha vuelto a las andadas. A matar indiscriminadamente, a destruir un pueblo, a nublar las esperanzas de paz y, en resumen, a amargar la existencia de sus vecinos. Es obvio, y nada nuevo, que los grupos terroristas palestinos no son precisamente unos santos barones, sin embargo es totalmente injustificable que se ataque de tal manera a un pueblo débil, asediado por la pobreza como es Palestina por el mero hecho de que cuatro individuos se aprovechen de la incertidumbre y la depresión de la juventud, para alzar una guerra santa contra el mundo. Sería lógico que el ejército español y francés decidieran bombardear Bilbao para terminar con ETA?.
Pero si existe algo más repugnante, es que los que lanzan y empuñan las armas de la destrucción (bien servidas por los Estados Unidos mediante las altas esferas del sionismo empresarial) se crean con el derecho de matar, recordando que ellos fueron víctimas de un holocausto. No se puede seguir negando que Israel está haciendo a día de hoy un genocidio que se salta todo derecho humano establecido. Como ya sucedió en Líbano (verano de 2006), se siguen unos esquemas que conducen y generan odio, matando y aniquilando a quienes menos tiene. Y es que por algo será que no se quiere que los medios de comunicación muestren lo que está pasando.
Sin caer en alarmismos, pero el odio genera odio, y tarde o temprano, Israel lo puede pagar, y muy caro.
Ahora recuerdo aquellas comidas familiares que hacíamos los domingos. Mi abuela preparaba una exquisita plata de macarrones gratinados. Todos los que teníamos el placer de sentarnos en la mesa aquellos días, nos deleitábamos gozando de la rica pasta con sus salsa de tomate, con su queso fundido, con su carne y con aquel toque especial que tan solo mi abuela sabía darle. La receta tradicional que, a pesar de ser siempre la misma, nos sorprendía cada domingo. La naturalidad, el buen sabor. Aquella aroma que solo entrar por la puerta de la casa de mis abuelos podíamos oler. El ambiente, el cariño, las risas, la calidez del hogar... Qué tiempos aquellos!.
El tiempo pasa y las cosas cambian. En aquellos momentos yo era incapaz de imaginar hasta qué punto echaría en falta aquellas sensaciones que los macarrones caseros me despertaban. Era una explosión de felicidad, de amor, de placer. Todos los sentidos explotaban y dejaban una enorme nube de imaginación infinita. Ayer leí que, en no se qué país asiático, habían encerrado a un hombre por negarse a comprar macarrones. No hace mucho una vecina del bloque dónde vivo, fue multada por el mero hecho de haber preparado un plato de macarrones con tomate en su casa. Antes podíamos disfrutar de un buen plato de macarrones. Con la receta tradicional, sencillos, sin colorantes. Con un paquete de pasta, un poco de tomate frito, queso rayado y algún que otro añadido, podías tener una comida excelente. La cocina casera está mal vista, condenada a la desaparición. Nadie concibe el acto de cocinarse algo para disfrute de su propio paladar.
Las leyes del mercado rigen sin temblar sobre todo lo que las sociedades inventaron. Todo lo natural se convierte en artificial. Es increíble ver como las cosas más puras, surgidas del hacer popular, integradas en la riqueza de la tradición de toda una historia, terminan convirtiéndose en productos materiales con el único objetivo de ser vendidos, comercializados, desnaturalizados o corrompidos. La estructura de poder es lo que tiene. La humanidad lo corrompe todo, cuando elimina el arte y la naturalidad, para ofrecer un producto comercial dirigido a vender y manipular a la sociedad de masas. Un error. Una lástima.
Gritaban aquellos jóvenes enfurecidos del mayo del 68 en Francia, el reivindicativo lema "On a le droit de se révolter" (Tenemos derecho a rebelarnos). El sistema económico había fracasado, la sociedad de todo el mundo estaba rota por una crisis que, más allá de lo económico, hacía hincapié en las pautas morales establecidas que hasta entonces habían determinado la frontera entre el bien y el mal. Pasó a la historia este mayo francés como uno de los episodios más relevantes de la historia de la lucha social en la era moderna. Años más tardes, finalizando ya la primera década del nuevo milenio, muchos de estos alborotadores, soñadores, utópicos y revolucionarios visten sus trajes, pagan religiosamente su hipoteca y rehuyen de los panfletos antisistema. Tampoco hay que exagerar, es difícil, por no decir imposible, luchar contra un sistema tan bien arraigado del que nadie puede escapar. La realidad y la necesidad de vivir, condicionan a cualquier individuo a la hora de seguir con el camino de una revolución, que de antemano se sabe ya derrotada, o entrar a formar parte de este engranaje que integra un sistema económico inestable, unos valores que pretenden dibujar un orden social que no ponga en peligro el consumismo y una moral que adoctrina a la sociedad para anular toda capacidad de razón.
En los últimos años se han repetido un sinfín de pequeñas revueltas sociales. Manifestaciones en la calle, luchas sindicales, reivindicaciones por parte de los más jóvenes y un malestar que poco a poco se ha ido transformando en ideas que buscan la reacción. Si el mundo se puso en alerta cuando aquellos jóvenes franceses, hijos de la inmigración africana residentes en las barriadas más humildes de París, salieron a la calle para reivindicar su legitimo derecho a tener las mismas oportunidades que cualquier otro francés, más ha impactado la revuelta ocurrida en Grecia después del asesinato del adolescente de apenas 16 años, Alexander Grigoropulos, por parte de un policía. Sin duda cabe recalcar que el pueblo estaba completamente desmoralizado por las consecuencias de una crisis económica y una gestión pésima del dinero público por parte del gobierno que hace estragos y destruye todos los sueños. La muerte del joven anarquista fue la chispa que encendió los ánimos. Empresas que cierran y dejan desamparados a centenares de trabajadores a los que nada les queda para sobrevivir, jóvenes que han invertido años en sacarse unas licenciaturas universitarias que de nada les sirven para obtener un trabajo, sueldos mínimos que rondan los 700 euros, desesperación de la clase media y baja, mentiras que después de haber sido ocultadas durante años ahora salen a la luz y una depresión social que augura pocas salidas y destruye esperanzas.
Mucho se ha hablado entorno a unos hechos que puede que pasen a la historia como la revuelta de Grecia. Los analistas buscan explicaciones, los banqueros andan preocupados al ver como las previsiones de ganancias bajan alarmantemente, la sociedad está cada vez más harta y los mandatarios prosiguen reuniéndose para reír y hacer planes que a ningún lado llevan. Y lo más preocupante es que todo esto no solo es aplicable al caso griego, sino a todo el mundo. La crisis parecía un fantasma que pasaría en poco tiempo sin dejar demasiadas grietas abiertas en el sistema. Así nos lo contaron, así nos lo creímos. Pero la realidad es que en todo el planeta los despidos empiezan a ser el pan de cada día, la hegemonía de la sociedad del bienestar de desvanece y el sistema empieza a temblar mostrando su enorme debilidad. Tampoco sería sensato hablar de revoluciones radicales, véase el falso paradigma de la de Rusia en 1917, pero si que podemos afirmar que existe una incipiente reacción por parte de la sociedad. Posiblemente esta se deba a la necesidad de vivir con unos mínimos requisitos que ahora mismo nadie puede garantizar. Estamos delante de una revolución que, por el bien del mundo, debería resolver esas grietas abiertas desde hace años y reconstruir el sistema o cambiando las raíces del vigente.
El mundo debe responder. Los intelectuales tienen que dejar de lado sus viejas ideologías ya oxidadas para ejercer de moderadores en un nuevo marco social, los individuos deben empezar a usar la razón para, inequívocamente, ser protagonistas de un nuevo concepto de revolución que tiene el deber de ajustar una estructura más fuerte y decisiva que disminuya los riegos de romperse. El equilibrio es posible, pero se necesitan nuevos paradigmas que dibujen verdades y eliminen las fronteras de la injusticia. El ser humano no es perfecto, por lo que sería estúpido soñar con un sistema ideal y sin desequilibrios. Solo si se abandona la costumbre de acomodarse, dejando de trabajar y luchar para el equilibrio, será posible un futuro que brinde oportunidades a todos y muestre los caminos de la igualdad.
No me preocupan los sitios a los que ya he ido, me preocupan los lugares a los que aún no he ido. Los caminos fáciles no me sugieren nada, prefiero andar por sitios remotos para poder admirar aquellos fascinantes paisajes que nadie más va a contemplar, excepto yo. Quizás me equivoque, quizás corra peligro, quizás no es bueno adentrarse en aventuras cuyos límites del placer son inalterables e inagotables, que suponen un riego elemental para el individuo y que en definitiva, solo son aptas para aquellos con una mentalidad abierta, que carezcan del miedo a equivocarse.
Podría hacer hoy una extensa y célebre oda al vino tinto, al vino rosado o incluso al blanco. Podría buscar la manera de ligar el texto con la foto (en realidad lo estoy haciendo), pero, sin embargo, no tengo motivo por hacerlo.
Podría buscar gloriosas palabras que describieran una noche de lujuria con aromas de sabores bucólicos, podría describir la esencia que me llega cuando me tomo una copichuela de alegre y fino vino de Navarra o La Rioja (aunque podemos ir a lo barato... ¿que tal un Don Simón?).
Quizás mi exquisito y lujurioso paladar brilla hoy por su infinita ausencia. Puede que mis palabras denoten cierta tristeza, cierto miedo, cierta inseguridad, cierto desespero o incluso cierto fracaso emocional.
Nada de esto debe suceder porqué nada de lo que vemos con los ojos tiene sentido (en un sentido figurado). Al igual que el vino, su aspecto puede ser hermoso a base de una cantidad innombrable de colorantes y conservantes, de extractos de uva, de aromas de vainilla... sin embargo solo podemos saber si vale la pena cuando abandonamos los ojos y nos centramos en oler su aroma y en degustarlo en nuestro paladar. Los ojos engañan, mienten y nos convierten en seres abominables y materialistas. Degustemos el placer en el paladar y no en la vista.
Puede que un ochenta por ciento de los que lean ese texto se sientan afortunados, puede que piensen que es otra de mis falsas metáforas creadas en cinco minutos. A lo mejor es cierto, a lo mejor es el otro veinte por ciento el que da crédito a mis palabras. Sea quién sea, nunca debemos dejar de expresarnos, a pesar de que muchas veces tendimos a exagerar y a manipular nuestros propios pensamientos. Comuníquense por favor!!!
"El secreto de la vida es la honestidad y el juego limpio, si puedes simular eso, lo has conseguido" (Groucho Marx)
Como si esperara que el espíritu santo bajara del cielo, o de allá dónde se encuentre, me siento de nuevo delante del ordenador. Tomo el último sorbo del café amargo, ya enfriado, y apago el cigarrillo que encendí apenas cinco minutos antes. Tengo hambre de escribir. Me pueden las ganas de argüir en la infinidad de profundos temas que hierven en mi mente. Necesito expresar mis ideas y escabullirme en el recóndito paraíso de la argumentación. A pesar de mis ansias, el denominado "horror vacui" se apodera con facilidad de mi. Miro por la ventana, como si quisiera preguntarle al cielo gris que invade la ciudad, con una actitud dominante e imponente que hiela y nutre el ambiente de ambiguas percepciones, qué debo hacer para llenar la copa vacía con un poco de inspiración añeja. Sin embargo, y tal como se podía esperar, no hay respuesta que me valga.
De repente me viene el recuerdo de aquella palabra que tanto amamos los que escribimos. La retórica. Divagando un poco en mi débil memoria, me acuerdo de los distinción que el sabio Aristóteles hizo entre la ciencia que demuestra sus tesis mediante demostraciones basadas en la certeza y la verdad, y el discurso persuasivo que se construye argumentando sobre probabilidades. Y es que el filósofo griego impulso en gran medida el arte de la retórica entendiendo como tal la utilización de pruebas distintas para persuadir a un público heterogéneo. No hay más, aquellos maravillosos griegos consiguieron convertir cualquier cuestión, por pequeña e insignificante que pudiera ser, en una magnífica y brillante tesis vacía de contenidos.
La extensa transición entre la inspiración propia de tomar el café y la desmotivación del atardecer, se ha ido diluyendo al mismo tiempo que el sol se ha puesto. No he conseguido el objetivo que tanto deseaba, no he plasmado por escrito todo aquello que quería decir. Quizás cuando deseas darte un baño de inspiración esta desaparece por naturaleza, se siente demasiado angustiada, hay un exceso de presión y prefiere ocultarse para salir en un momento más pausado. Salir a la calle y respirar, caminar y observar la gente que vuelve a casa después de cumplir con sus tareas. Esperan encontrar un descanso, quieren huir de su rutina diaria, sueñan con escapar, aunque tan solo sea por unos minutos, de la amarga realidad que nos imponen. Al margen de sus preocupaciones, me limito a caminar. Parece que ahora si, siento fuerzas para argumentar y expresar parte de lo que tengo en mente. ¿Porqué decimos que el teléfono "comunica" cuando no obtenemos respuesta?.
Está claro que no es precisamente una suerte haber nacido como músico al mismo tiempo que el alabado Bob Dylan. Sin embargo, a Neil Young (Toronto, 1945) nunca le afectó demasiado el haber tenido que caminar siempre a la sombra del de Minnesota, icono de aquella rebelde década de finales de los sesenta. Se dice que la historia no es siempre del todo justa, y es que a menudo los verdaderos genios no obtienen aquel reconocimiento que sin duda merecen, por lo menos en vida. La extensa y productiva trayectoria del canadiense ha sido reconocido con creces, pero nunca lo será suficiente si valoramos todo la riqueza que ha aportado al panorama musical.
Nunca fue, ni quiso ser, un ídolo para las adolescentes enloquecidas que con su incansable griterío y adulación sostienen la industria musical del fanatismo. Un hombre que, a sus más de sesenta años de edad, sigue construyendo y trazando los caminos del rock y del folk. Cercano pero a la vez autónomo, Neil Young ha sabido transmitir desde siempre, ya fuera con sus Buffalo Springfield, con Crosby, Stills y Nash o en solitario, esa esencia original de la música, sin colorantes ni conservantes, huyendo de las tendencias y las modas que imperan en el mercado discográfico. Con más de treinta álbumes publicados, Young constituye un referente para las generaciones de músicos que han surgido en las últimas décadas. Su versatilidad para mezclar armoniosamente el rock más clásico de la profunda América, el folk tradicional, el genuino country y una infinidad de estilos a los que ha sabido impregnar con su sello personal. Joyas como los discos Rust Never Sleeps (1979), Freedom (1989), la banda sonora de la brillante Dead Man (Jim Jarmusch, 1996) o el inteligente alegato contra el 11-S, Are you Passionate? (2002) forman parte ya de la historia de la música.
Neil Young se ha mostrado coherente con sus ideales, del mismo modo que con la música. Un personaje polifacético que, sin gritar ni hacer ruido, ha sido siempre fiel a sus principios. No en vano, podemos recordar que el pasado mes de octubre decidió anular un concierto en Los Ángeles, para mostrar su solidaridad con los trabajadores en huelga del recinto dónde tenía previsto actuar. Young nunca ha querido ser el centro de atención, algo que se refleja claramente con su vertiente de director de cine ocasional, y es que para no llamar la atención el canadiense utiliza el seudónimo de Bernard Shakey en sus incursiones en el séptimo arte. Podemos decir de él que es un genio digno de ser alabado, un idealista que convierte las utopías en realidades o una fuente inagotable de inspiración para la música. Comunicativo pero a la vez intimista, Young es uno de esos hombres que han marcado un punto de inflexión en el avance de la sociedad. Ataviado con su sombrero, soplando su inseparable armónica y tocando esos acordes que solo él sabe interpretar, Neil Young sigue desprendiendo sobre los escenarios toda su energía y calidez, aunque como solo saben hacer los grandes, con una humildad que no debería confundirse con la invisibilidad. El hombre que sabe estar, aunque solo se deja ver cuando es necesario, por lo demás se le escucha.
No hace muchos días que leí que las autoridades municipales de la ciudad india de Bombay han decidido neutralizar con perfume, la pestilencia que se desprende de sus dos vertederos, dónde cada día se abocan los miles de desechos que se generan en una de las urbes más pobladas de todo el planeta, con cerca de 18 millones de habitantes. La medida no debe sorprendernos demasiado, y es que la humanidad ha tendido desde siempre a tapar aquellas cosas que son molestas con "parches" o "chapuzas" que, lejos de arreglar la raíz del problema, solo convierten en invisible aquello que no nos apetece percibir. El resultado final es obvio. Nadie se acuerda del asunto hasta que este, que consigue pasar desapercibido por un tiempo, alcanza unas dimensiones alarmantes y de difícil resolución.
Al igual que los responsables municipales de Bombay, la Iglesia católica ha pedido ahora que la sociedad se olvide de las injustícias, asesinatos y aberraciones que se cometieron durante la guerra civil. La Conferencia Episcopal española, liderada por el incombustible Antonio María Rouco Varela, ha pedido ahora a la sociedad «el olvido» de todos los crímenes cometidos en una de las etapas más oscuras de la historia de España. Quizás es que los dirigentes eclesiásticos pretenden ahora perfumar su implicación directa en aquel golpe de estado que supuso el fin de una república democrática, puede que los obispos pretendan limpiar con colonia sus manos manchadas de la sangre de miles de personas que fueron fusiladas por el simple hecho de defender los valores de la paz, la libertad, la tolerancia y la igualdad, que son además la base real de la religión cristiana.
Hay que reconocer, y cualquier individuo que posea cierta cordura lo hará, que hubo injusticias en ambos lados de la guerra civil. Sin embargo los vencidos siempre son los que más castigo sufren, y con aproximadamente cuarenta años de dictadura franquista, tiempo tuvieron los vencedores de «limpiar» a sangre fría todo lo que para ellos suponía un peligro. Los obispos, como es tradición, ejercen ahora su doble juego moral. Por un lado piden que la sociedad se olvide de la memoria historica, y por el otro siguen con sus procesos de beatificación y santificación de los mártires del bando nacional. Deberían reflexionar las autoridades católicas y, antes de pensar el olvido, aceptar su culpa y reparar, en la medida de lo posible, los daños perpetrados en el pasado. Está claro que es preferible darse una buena ducha con jabón antes de impregnar todo el cuerpo de desodorante.
Con la resaca que nos han dejado con el largo y entretenido proceso electoral en Estados Unidos, seguro que todo el mundo ha pasado por alto las recientes elecciones celebradas en San Marino, el tercer estado más pequeño de Europa y el quinto del planeta, siendo también la república institucional más antigua del mundo. Esta minúscula república, con una superficie de 61 Km2 y poco más de 30.000 habitantes, mantiene una estrecha relación con la Italia que la alberga. El pasado 9 de noviembre, se celebraron los comicios para elegir los sesenta diputados que ocuparan el Gran Consejo de San Marino para la nueva legislatura. Y es que, además de del idioma y un sinfín de costumbres y sistemas propios de sus vecinos italianos, San Marino comparte también la inestable y peculiar política transalpina. Debido a las disputas y traiciones entre partidos, los habitantes del estado han tenido que acudir a las urnas anticipadamente, ya que las últimas elecciones se celebraron hace apenas dos años. La opción de centro-derecha se ha erigido ganadora, aunque las garantías de estabilidad son pocas.
Seguramente, tampoco sea muy relevante para el mundo global el saber como se llama el nuevo secretario de Estado para Asuntos Exteriores, cargo más alto de la administración política del enclavamiento, ni qué planes tiene en mente el partido ganador de los comicios (Pacto para San Marino PpSM). Los sanmarineses seguirán como hasta ahora, con la mayor parte de sus ingresos procedentes del turismo y dependiendo, en gran medida, de lo que en Italia se decida. Observamos distancias inalcanzables al comparar la importancia de los comicios en Estados Unidos y la victoria de Barack Obama, con la escasa atención que nadie ha prestado a las elecciones de la diminuta república situada al pie del Monte Titano.
Un nombre mediático en lo deportivo
El nombre de esta minúscula república que, aún siendo independiente mantiene lazos muy estrechos con la Italia que la alberga en su territorio, les sonará a muchos gracias a sus campeonatos de Formula 1 y de motos. Hay que especificar pero, que ninguno de los dos premios que llevan el nombre del país se realiza dentro de las mismas fronteras, sino en las cercanas inmediaciones italianas de Imola y Misano respectivamente.
San Marino también resta guardada en la memoria de muchos aficionados al fútbol por esas goleadas que cualquier selección es capaz de endosarle a su débil selección nacional. Un combinado integrado por el panadero, el herrero, el policía, el pintor y otros tantos hombres aficionados al fútbol, pero que tienen el privilegio de poder defender los colores de su país. En su historial figura tan solo una victoria, ante la no menos prestigiosa selección de Liechtenstein. Aunque eso si, el equipo de San Marino posee el récord del gol más rápido de la historia de una Copa del Mundo, anotado en un partido contra Inglaterra correspondiente a la fase de clasificación para los Mundiales de Estados Unidos de 1994. Un tal Davide Gualtieri marcó gol en tan sólo 8 segundos de juego, aunque el equipo acabó perdiendo por un contundente 1-7.
Un lugar desconocido y ambiguo fundado, según se cuenta en la tradición popular, en el año 301 por un cristiano que huía de las persecuciones promulgadas por el imperio romano. Un país que pasa desapercibido para el resto del mundo. Un lugar recogido que ha conseguido resistir a miles de agresiones. Un estado que, aún siendo semi independiente, no tiene idioma propio y carece de hostilidades nacionalistas. Un sitio pequeño que contrasta con la magnitud feroz que predomina en el mundo actual. Solo hace falta echar una mirada a su principal medio de comunicación escrito en versión digital, El San Marino Notizie, para darse cuenta del abismo que existe entre el mundo contemporáneo que avanza a una velocidad vertiginosa, y este pequeño estado que parece, en ciertos aspectos, anclado en tiempos remotos. Un paraje curioso y desconocido, lleno de pequeños detalles que nos hacen intuir una realidad con la que casi nunca pensamos.
Existe una notable diferencia entre desplazarse en coche o hacerlo a
pie. Si, es de suponer que no hay que ser una eminencia para llegar a
tal conclusión, sin embargo la mayor parte de la sociedad se decanta por
trasladarse en coche, ya sea para hacer sus tareas o bien para huir de
la rutina de cada día, esta que nos quita las ganas de ser o hacer
aquello que algún día soñamos. Quizás esto pueda parecer un vulgar
escrito propio de alguien sin inspiración, y puede que sea verdad.
Supongamos, pero, que no es así. Imaginemos la comparación como si de
una metáfora se tratara. Ir en coche es fácil, rápido, directo y hasta
puede llegar a ser excitante. Andar puede resultar cansado, da pereza y
tardas mucho más en llegar adónde deseas ir pero, tiene una ventaja:
puedes apreciar con más facilidad todos aquellos detalles que te cruzas.
¿Quién no ha pensado alguna vez en perderse entre las calles?. Estoy
convencido de que casi todo el mundo ha tenido la intención de hacerlo.
Caminar, decidir adónde quieres ir, descubrir lugares de ensueño que, de
otra forma, nunca hubieras podido ver, pensar y, en definitiva,
adentrarse en la verdadera esencia de la sociedad, a modo casi empírico.
Nunca conocerás verdaderamente una ciudad, hasta que no te pierdas por
sus rincones más ocultos, por sus calles llenas de tiendas, observando
la gente, entrando en sus comercios, deleitándose con esta esencia real,
a menudo llena de matices invisibles, que los museos y rutas turísticas
jamás te van a contar. Las autopistas se saturan de automóviles que
quieren ir deprisa, llegar a tiempo, adelantar al vecino o vacilar a los
demás. Las pequeñas calles, en cambio, ofrecen alternativas, abriendo
sus paredes para que los visitantes, encuentren mágicos lugares que
nunca buscaron.
Se dice, dentro de los círculos más conservadores y apocalípticos del
controvertido mundo de la música, que el rock'n roll está muerto y
enterrado desde hace años. Muchos críticos, especialistas, productores y
aficionados sostienen que es ya imposible ser original sin recurrir a
la herencia que dejaron otros. Quizás lleven cierta razón, pues ni los
mismísimos Led Zeppelin fueron en realidad tan geniales como se les
considera, pues componían sus canciones siguiendo las pautas
establecidas por otros músicos que quizás no gozaron del prestigio y el
poder mediático que ellos tuvieron. La verdad es que tampoco vamos a
entrar ahora en un tema que daría para escribir miles de libros y
analizar centenares de perspectivas, a simple vista, antagónicas.
Los
suecos Backyard Babies, una ya veterana formación de rock surgida de la
inagotable cantera que posee este pequeño país, muchas veces a la
sombra de la mediática escena británica, volvieron a Barcelona dos años
después de su última visita. Con más de una década sobre los escenarios,
Nicke Borg y los suyos tenían más ganas que nunca de sentar cátedra en
la ciudad condal. Y la verdad es que lo hicieron. Los suecos deleitaron
al numeroso público que llenó la Sala Bikini ofreciendo una verdadera
lección magistral sobre como tocar autentico rock escandinavo sin morir
en el intento. La banda presentó en directo su trabajo Fuck off and die (Deja de joder y muérete), un
título que parece ser un mensaje a todos aquellos
apocalípticos que de tanto hablar del pasado, no se
detienen a escuchar el presente.
Los de Nassjö aparecieron en el
escenario con media hora de retraso, después de la actuación de unos
prescindibles teloneros, los también suecos Bullet que mostraron falta
de ritmo pareciendo más bien una mala imitación de los reyes del hard
rock, ACDC. Ante un público heterogéneo, entre chaquetas de piel,
zapatillas converse, botas y otra indumentaria, en el que destacaban
algunos nórdicos forzudos y medio enloquecidos, Backyard Babies
desengranó poco a poco, pero sin concesiones, un repertorio sólido y
brillante que nos mostró sus exquisitas variaciones estilísticas,
partiendo del punk y dejándose seducir por el garage, el heavy y el rock
más fresco y natural. Temazos como Minus Celsius, Dysfunctional
Professional, Look at you o Fuck off and die hicieron vibrar a un público
entregado desde el inicio de la actuación y pusieron de manifiesto, con
el método más empírico y factible, que el rock'n roll sigue más vivo que nunca.
Escribió William Shakespeare en su magnífica tragedia Hamlet: "Something is rotten in the state of Denmark (Algo está podrido en el estado de Dinamarca)". El alabado dramaturgo escribió esta frase, muy obvia a simple vista, refiriéndose no solo a la política, sino también a la situación temporal en la que se encuentra cada cosa. Cuando algo está podrido, es imposible invertir su proceso y salvarlo, por lo que tomaremos esta calificación como una metáfora para referirnos a la gran nación norteamericana.
Los Estados Unidos, el país de la libertad y la igualdad, la joven nación que domina económicamente y culturalmente a todo el planeta, el paradigma de la patria poderosa se encuentra en una situación histórica que algunos van a definir como putrefacta y otros como esperanzadora. La era de George W. Bush ha terminado, aunque lamentablemente se irá de la Casa Blanca después de agotar sus dos mandatos y sin que nadie le haya podido echar antes. Ni Al Gore, ni John Kerry, ni Michael Moore con sus documentales, ni Sean Penn, ni el activismo de Bruce Springsteen, James Taylor, Pearl Jam, Dixie Chicks, Jackson Browne, REM o Ben Harper entre otros, con su plataforma Vota por el Cambio, ni los dos discos Rock Against Bush, sacados por la coalición de bandas de punk-rock lideradas por NOFX y Green Day, ni las mentiras ocultas que la administración republicana utilizó para invadir Iraq. Nadie consiguió terminar con la tormenta que ha traído consecuencias catastróficas para el país, y por defecto, para todo el mundo.
La crisis económica hace estragos en la sociedad, el anunciado cambio climático va dejando de ser algo lejano al que todos tememos para convertirse en una realidad que afecta nuestras vidas y, en conclusión, el capitalismo y el liberalismo como sistemas eficaces y equilibrados quedan en entredicho porque nunca puede ser bueno que el dinero vaya por delante de las personas. Algunos os preguntaréis si todo esto tiene tanto que ver con Bush y su mandato, y la verdad es que aparentemente se nos inculca que todos somos culpables de los males del mundo, que todos deberíamos reciclar para fomentar un equilibrio ecológico, que con nuestro consumo potenciamos este sistema y que gracias al capitalismo tenemos todo lo que tenemos. No es momento para debatir sobre si el capitalismo es o no el sistema ideal, pero lo que está claro es que quien "corta el bacalao" y controla el mundo es Estados Unidos, su sistema político, sus empresas y sus ansias por querer más y más. La "americanización" es un hecho.
El hambre de construir una nueva realidad ha hecho reaccionar a la sociedad, y es que hemos asistido a un período que ha desestabilizado por completo el mundo. Tanta expectación hay entorno a las elecciones, que incluso la famosa cadena de cafeterías Starbucks ha prometido invitar a un café a todos aquellos que voten, a quien sea, pero que voten. Obama ha lanzado, en su último discurso electoral, un mensaje de optimismo diciendo que "estamos a un día de cambiar América". Puede que por fin el anhelado sueño americano cambie sus directrices para dirigirse hacia una realidad sostenible, aunque por supuesto, nunca será perfecta.
El Gobierno francés de Nicolás Sarkozy ha hecho un nuevo paso en su política más reaccionaría, este golpe actuando en el ámbito de Internet y en contra de la libertad de sus usuarios. Según el nuevo proyecto de ley presentado el pasado 18 de junio, se prevé la suspensión de conexión a la red por aquellos usuarios que descarguen archivos a través de programas de intercambio P2P (Peer-tono-peer) como E-mule, Arestra, Lphant o Bit Torrent entre otros, aunque, tras dos advertencias previas y susceptible de ser cambiada por una multa económica.
La medida, que todavía no ha sido aprobada, responde a los intereses y a la presión ejercida por las grandes multinacionales de la música y el cine, principalmente, que desde hace tiempo intentan criminalizar y limitar uno de los grandes adelantos que se ha conseguido con la revolución de Internet, el intercambio libre de cultura y conocimiento. Como justificación de esta medida, el ejecutivo ha explicado que "el proyecto de ley responde a una situación de urgencia, la economía del sector cultural y la renovación de la creación están amenazados por la sostracció sistemática de obras a las redes digitales". La aprobación de la ley comportará también la creación de un juzgado independiente que se dedique exclusivamente a luchar contra la descarga de archivos a Internet.
Es posible que el vacío legal existente a la red sea un problema en muchos aspectos, como los derechos de imagen, la subida de vídeos insultantes en portales como Youtube o actividades que tienen que ser perseguidas indudablemente como la pornografía infantil, las estafas o cualquier actividad que perjudique seriamente a otros usuarios o personas. En todo caso, identificar al usuario que descarga música con su portátil u ordenador doméstico como un criminal o un pirata, es un ataque indiscriminado contra la libertad. Cuándo llegará el momento en que los gobiernos dejarán de hacer caso a la presión de las multinacionales?. La música no está en crisis, la cultura no se encuentra en peligro, la revolución de la red ha permitido expandir y hacer asequible para todo el mundo el consumo de cultura. Los festivales y conciertos se encuentran hoy más con que nunca en plena efervescencia y la oferta estilística, la riqueza cultural y la fusión dan a la música nuevos valores y atributos nunca vistos.
Antiguamente, cuando|cuándo el casete era el formato más habitual al mismo tiempo de distribuir música, muchos eran los que grababan canciones de la radio, muchos eran los que intercambiaban álbumes enteros y los copiaban. Más tarde, la distribución de CD's era algo habitual y libre. Porque se intenta culpar la red de la crisis?. Seguramente se difícil encontrar una buena respuesta, la recesión económica afecta a muchos sectores sin distinción y se la industria discográfica ha ido creciendo sin ningún tipo de equilibrio. Desde hace años, se sabe que el músico es el quien|quién menos dinero ve de las ventas de un disco, los intermediarios, los promotores, los distribuidores u otras figuras que han ido surgiendo se han embolsado grandes grandes beneficios. El abuso al mismo tiempo de fijar el precio de un disco, la materialización de la cultura o la simplificación del arte sueño quizás algunos de los factores que seguramente han agudizado una caída de ventas y una nueva forma de entender el consumo de cultura, en todas sus variantes.
El futuro decidirá, pero poner barreras a la libertad no es la solución a ésta crisis. Si la gente vano cada vez menos en el cine, no se para que se descargue la película, sino que quizás se tendría que entender viendo el creciente número de mileuristes (jóvenes y no tan jóvenes, muchos licenciados y con master, que a duras penas llegan a cobrar mil euros mensuales). Queda patente que ir a ver una película en el cine puede ocurrir una acción demasiado lujosa en los tiempos actuales. Así pues, los gobiernos y las industrias tendrían que empezar a cambiar el chip y no actuar contra una acción tan simple y sencilla como compartir.
Las expectativas han sido siempre nuestro objetivo final. Crecemos pensado en que debemos considerar un conjunto de grandes fines, que con mayor o menor brillantez, debemos cumplir al pie de la letra.
De pequeños se nos dice que sino sacamos las mejores notas en clase, seremos unos fracasados, que si hacemos amigos siempre estaremos solos, que si no sabemos inglés nuestra vida carecerá de sentido. Más tarde toda esta monotonía de objetivos sigue con la universidad, con el matrimonio, con la casa, con la hipoteca... vivimos sin darnos cuenta de dónde estamos, rápido, de manera fugaz, sin pensar jamás en lo que realmente importa.
Los trenes tienen siempre un destino marcado. Una estación dónde todos subimos y un sitio al que nadie desear bajar, pero al que terminamos todos. Quizás es que nadie nos avisó jamás del lado oscuro que nos depara la libertad. ¿Por qué no puedo ser yo el que elija uno u otro destino?, ¿por qué no puedo elegir en qué estación quiero bajarme?. Por qué las pequeñas aldeas, insignificantes lugares por dónde el tren pasa más rápido que nunca, no se contemplan en nuestra sociedad. Aún así, si el tren pasa por ahí, si en ese sitio hay una degradada y triste estación, por algún motivo será.
Muchas veces nos preocupamos por las cosas que ya conocemos, por los países a los que ya hemos ido. Nos inunda ese viejo recuerdo, a veces sin contenido, pero que nos ilumina de una falsa melancolía, ese sentimiento que nos devuelve a la idea de que cualquier tiempo pasado es mejor que el presente. ¿El futuro? No valoramos el futuro, a pesar de ser el dia a día, el mañana, el ahora. A mi no me preocupan los lugares a los que ya he ido, lo que mi mente contempla siempre, son los lugares a lo que no he ido.
Quizás ese escrito no tiene valor alguno, quizás nadie me va a leer, quizás el mundo es demasiado mediocre para vivir y seguir la dirección que de verdad desea. Contemplamos demasiado, actuamos poco. Ni los que creen estar liberados de los estereotipos lo están verdaderamente. Nos venden falsa libertad, y la compramos sin pensar que los fabricantes, los líderes, los que se enriquecen sin sonreír, nunca van a saber lo que es la sensación de reflexionar y ser feliz. ¿Cómo puede un panadero vender pan si nunca lo probó?. Debemos destruir la estructura, pero jamás las bases. Cómo alguien dijo, aunque la jaula sea de oro, nunca deja de ser prisión.
La mediocre levedad de nuestro mundo, nos impide pensar en algo más profundo que en nuestro vulgar y basto escepticismo. Sin embargo el blanco y negro pasó a la historia, hoy vivimos en otro mundo, un sitio lleno de desgracias y soledad, pero con más oportunidades para seguir un camino propio dirigido por cada ser.
No podemos caer entonces en la simple depresión, otro mundo sigue siendo posible, aunque solo sea las esfera que cada uno debe construir. La felicidad, el amor, las ilusiones... existen a pesar de que los soñadores se crean hundidos en su propio éxito. Sin más, vivamos.
Hace tiempo que existe, en nuestro pequeño y gigantesco mundo, una
conspiración para acabar con la libre creatividad y con la grandeza de
uno de los mejores inventos que la humanidad ha llegado a crear a lo
largo de la historia. La música, ese peculiar psicólogo que siempre está
a nuestro lado para ayudarnos a decidir y a pensar, a reflexionar y a
creer, a reír y a llorar, y en definitiva, a ser quién somos o dejamos
de ser.
Parece que la sociedad de masas empieza a tener miedo,
terror a desaparecer o a que los individuos empiecen a pensar por si
mismos, gracias a los notables avances tecnológicos existentes hoy en
día. La piratería! ese gran enemigo que al contrario de lo que se dice,
no perjudica al artista sino que elimina a los intermediarios que hasta
hoy se forraban por no hacer nada. Me explico. La música tal y como la
entendemos aquellos que la sabemos escuchar, es un arte inmaterial, una
preciosidad natural, un milagro que jamás puede ser percibido desde una
perspectiva materialista. Si el arte hace los versos, pero solo el
corazón es poeta, también la música debe escucharse e interiorizarse.
La
sociedad digital ha cambiado nuestra realidad, en todos los aspectos
que podamos imaginar, eso es un hecho. Existen desajustes estructurales y
también problemas por resolver, pero la posibilidad de interaccionar a
través de un ordenador, abre las puertas a otra forma de entender el
mundo. Lógico es que si podemos intercambiar canciones, lo haremos. Hace
unos años nadie se quejaba por la numerosas copias de casete que
circulaban por el mundo, pero parece que ahora existe una crisis, no en
el mundo del arte y los artistas, sino en las estructuras jerárquicas
que pretendían manipular y convertir todo lo que se pueda interiorizar
con los sentidos, en una vulgar y fraudulenta mercancía. Todo se vende,
ese es el lema de los que nunca supieron apreciar los sueños y la magia
de la música.
En conclusión, el nuevo canon que la SGAE quiere
imponer, supone un verdadero atraco a mano armada para quienes
necesitamos la música más que el oxigeno. Subir los precios de los
soportes digitales solo perjudica a todo una sociedad, no ayuda para
nada a quién compone las canciones, e impone unas reglas que favorecen
la privatización y el fin de la libertad. Quizás algunos de los
impulsores de tal ley deberían replantearse que si el mundo cambia a
ritmo galopante, ellos también deberían empezar a diseñar las nuevas
reglas. Por la dignidad, no al canon!
Si algo queda clara al escuchar a Polly Jean Harvey, es la diferencia notable en cada uno de sus álbumes. La innovación, una característica que brilla por su ausencia en el mundo de la música actual, es uno de los atributos con el que mejor trabaja la cantante británica. Así, con un sello propio pero que busca siempre nuevos caminos, Pj. Harvey se reinventa una vez más con White Chalk, su séptimo trabajo de estudio, con lo que se adentra en la amargura de los sentimientos, el dramatismo utópico sin embargo, por encima de todo, en el conjunto de emociones que buscan un sitio donde descansar.
Seguramente muchos hablarán una vez más de "madurez", un concepto que musicalmente no tiene gran significado pero que está de moda y siempre se atribuye a cualquier novedad discográfica. De todas maneras, éste no es el caso. PJ Harveysorprende siempre con la crudeza y la contundencia que desprenden sus letras, auténticos gozos|joyas para guardar entre los mayores tesoros. Que nadie pretenda encontrar temazos a lo single pegajoso, White Chalk es uno de aquellos discos que se aprecian por el conjunto de piezas que lo componen y no por cuatro canciones de fácil melodía. Un disco excelente, a pesar de no ser redondo.
Quizás algunos añorarán álbumes como Rid Of Me o el laureado Stories From the City, Stories from the Sea. Este trabajo no cautiva con guitarras distorsionadas ni melodías llenas de crudeza visceral. Pj Harvey, simplemente, enamora y su música absorbe a todo aquel que se precie de saber escucharla. White Chalk es arte en esencia.